El estudio
Cómo nace
DIP Studio empezó como la formalización de algo que ya venía pasando hace años. Bruno Torres llevaba mucho tiempo haciendo cine, dirigiendo, produciendo, montando, resolviendo cada etapa con los medios que había, antes de ponerle nombre y RUT a la cosa. En 2021 ese trabajo dejó de ser una práctica suelta y se volvió una casa productora: Drunk in Public.
La falta de recursos no era una excusa sino un punto de partida.
El nombre tiene algo de declaración. Hacer cine en Chile, con poco presupuesto y mucha ambición, tiene siempre algo de borrachera en plaza pública: una mezcla de descaro, vulnerabilidad y ganas de decir algo aunque nadie te lo haya pedido. La empresa nació de ahí, de querer contar historias propias sin esperar permiso, y de creer que la falta de recursos no era una excusa sino un punto de partida.
La fortaleza que vino de la falta
Durante mucho tiempo, el bajo financiamiento fue el problema. Después dejó de serlo. La carencia obligó a aprenderlo todo: dirección, fotografía, montaje, sonido, producción, postproducción. En vez de depender de un equipo grande para cada cosa, DIP terminó dominando todas las áreas de la realización. Lo que parecía una desventaja se convirtió en la marca de la casa: poder levantar proyectos complejos con equipos chicos, sin sacrificar lo que importa, controlando cada decisión de principio a fin.
Un equipo reducido no es una limitación, es una forma de hacer.
Esa es la lógica con la que trabajamos hasta hoy. Un equipo reducido no es una limitación, es una forma de hacer. Significa que cada persona que entra a un proyecto está ahí porque tiene que estar, que las decisiones se toman cerca de la obra y no en una cadena de mandos, y que el resultado se parece a quien lo hizo. Hacer mucho con poco dejó de ser una necesidad para volverse una manera de entender el oficio.
Las historias que buscamos
Nos interesan las historias cercanas. Las que pasan adentro de una casa, de una cabeza, de una relación. No nos mueve el espectáculo por el espectáculo, sino lo que ocurre en lo íntimo: la soledad, la salud mental, las formas distintas de habitar el mundo, la memoria y lo que hacemos con ella. Temas que cuesta mirar de frente y que el cine, cuando funciona, deja mirar de costado, con humor y sin solemnidad.
Mientras más particular es una historia, más lejos puede llegar.
Creemos que mientras más particular es una historia, más lejos puede llegar. Lo universal no se construye desde lo genérico, se construye desde lo específico: un profesor de piano que colecciona objetos descartados, una culpa que se hereda a través de generaciones y cruza un océano, alguien que entiende que la memoria libera cuando dejamos de tratar de arreglarla. Son historias chilenas, pequeñas en escala y grandes en lo que tocan, y esa combinación es la que queremos llevar más allá de Chile.
Las apuestas
Una casa productora se define por lo que se atreve a hacer. DIP sostiene un catálogo de proyectos de cine de autor en distintas etapas, cada uno una apuesta distinta y todos con la misma vara: rigor en lo narrativo y libertad en lo formal.
Sostener lo que importa aunque tome años.
Hay un largometraje en postproducción que es el debut de Bruno como director, financiado por el Fondo Audiovisual. Hay un drama que entrelaza tres tiempos y retrocede hasta Sicilia para entender una culpa familiar. Hay una comedia sobre un hombre que confunde estar disponible con querer. Y hay un cortometraje que usa la física cuántica como metáfora para hablar de la memoria y de soltar. Cada uno es una forma de probar hasta dónde llega una historia íntima cuando se la trata en serio.
Apostar también es asumir el riesgo. No todos los proyectos avanzan al mismo ritmo ni con las mismas certezas, y eso es parte del trabajo: levantar lo que se puede cuando se puede, sostener lo que importa aunque tome años, y no abandonar una idea solo porque es difícil de financiar.
Las dos almas
DIP vive de dos cosas a la vez, y las dos son verdad.
Por un lado está el cine de autor, que es el corazón de la casa: el catálogo, las apuestas, la búsqueda. Por el otro está una línea de producción audiovisual para empresas e instituciones que lleva cinco años funcionando, con clientes que confían en nosotros para resolver proyectos exigentes con el mismo estándar y el mismo equipo. Esa línea no es un trabajo aparte que hacemos para sobrevivir mientras llega lo importante. Es lo que nos permite hacer cine con tiempos largos, sin urgencias que distorsionen las decisiones, sin depender únicamente de ganar un fondo para seguir existiendo.
No las separamos porque no están separadas.
Las dos almas se alimentan. La disciplina y la capacidad técnica que exige el trabajo por encargo afinan el oficio que después vuelca el cine. Y la sensibilidad narrativa del cine es lo que distingue nuestro trabajo comercial de un servicio cualquiera. No las separamos porque no están separadas: son la misma forma de hacer las cosas, aplicada a dos terrenos distintos.
Hacia dónde vamos
El próximo paso de DIP es sacar ese catálogo a circular. Llevar nuestras historias a los mercados y festivales donde el cine latinoamericano se encuentra con el mundo, construir vínculos que duren, y abrir el camino hacia coproducciones que nos permitan hacer películas más ambiciosas sin perder lo que nos define. Queremos ser una casa productora chilena con presencia estable en el circuito internacional de cine de autor, que siga contando historias cercanas y siga apostando, con la misma libertad con la que empezó.
Eso es DIP: un equipo chico que aprendió a hacerlo todo, contando las historias que le importan, sin pedir permiso.
Bruno Torres — cineasta con más de veinte años de trayectoria audiovisual, fundador y director de DIP Studio. Dirige, escribe y monta el catálogo de la casa.